Alma

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sábado, 15 de noviembre de 2014

Relato: "Ruta Repetida" (para Magazine Delicacy)

En aquella época ella solía disfrutar viéndome escribir. Miraba mientras yo estaba sentado en el suelo  tomándome la frente con una mano y escribiendo con la otra sobre un cuaderno largo de hojas rayadas. Le gustaban mis poemas. A veces se los leía de la nada y después me recostaba en el piso mirando el cielo. Pero lo que ella no podía comprender aún es que escribirlas me producía un dolor insoportable. Bueno. En realidad la poesía no era la que me hacía sufrir. Sino que era el mundo, el dolor, la tristeza lo que me hacía escribir. La poesía era un especie de santo. Un salvador. Era una nueva forma de avanzar. Si el dolor genera un mapa de neuronas en tu cerebro, la poesía debe conectar ese dolor con el mapa de neuronas de la belleza. De la basura sale una nueva información. Una flor. Algo nuevo que da fuerzas para continuar hacia adelante.  Tenía la imagen de ser una especie de fumigador del alma humana y tenía que aceptarlo con toda mi paciencia, con toda mi fe, con todo mi corazón. Sino no había forma de sobrellevarlo.
Dormíamos cerca de un río ancho que se hacía cascada a lo largo y estábamos rodeados por una gran cantidad de arboles. Había un arome dulce de flores y el sol por la mañana te hacía olvidar las noches de frío. Y es que realmente hacía frío de noche. Los dos solos, ella y yo, en una carpa, al lado del río, entre las sierras, con heladas que te hacían gemir del sufrimiento. Nos arropábamos con todo lo que teníamos, dábamos vuelta nuestros abrigos sobre nuestros cuerpos y nos abrazábamos. Pero aún así era insoportable.
-Así debe ser- le dije – parte del viaje es pasar hambre. Frio. Eso ya te hace salir del hábito, ¿no?
-No lo sé – me respondió ella – yo me estoy cagando de frío.
Un día llegamos a Capilla del Monte. Es un pueblito cordobés donde hay un cerro enorme, el Uritorco, donde se dice que hay ovnis y cosas raras. Nosotros estábamos descreídos de todo -de nosotros mismos, en primer lugar- y nos daba igual el tema del ovni hasta que, una noche, dormimos en la carpa cerca a los pies del cerro. Créanme: ahí pasan cosas. Y no quiero escribirlas porque no deseo irme a dormir esta noche en mi hogarcito y despertarme asustado por la madrugada. Realmente ahí pasan cosas y es de creer o reventar. Aunque mal nos pese nosotros éramos unos reventados hace rato. Ella curaba gente y hacia masajes y tenía contacto con energías especiales, o ángeles -Jung dice que es el inconsciente colectivo. No sé si lo pueden entender, pero hoy en día ella se sienta con una hoja y puede escribir toda tu vida sin conocerte. En cambio yo era otro tipo de reventado: vivía borracho y desesperado. Tenía cuatro o cinco parejitas sexuales. Todas rondando el  5 y el 7, y me asustaba terriblemente cuando una mujer sentía algo por mí. Me espantaba. Desaparecía. Yo estaba algo loco, algo escéptico, y todo lo que suele suceder  cuando uno quiere encajar en una sociedad de subnormales. Después uno acepta la diferencia, uno acepta lo que es, uno acepta lo que el otro es, y no hay conflicto: cada cual hace su vida sin molestar al otro. Pero por esa época yo todavía no sabía esto y en cambio tenía alguna esperanza en los viajeros, esos mochileros que viven en comunidades viajando a pie por el mundo. Creía que ellos, al no encajar en la sociedad, tenían pensamientos propios. Ellos eran mi última esperanza de encontrar algo.
Abrimos una barata botellita de vino y mordimos unos panes.
Vinieron en seguida y nos pidieron vino y nos pidieron panes. Okey. Se los dimos. Ellos comieron, tomaron, y desaparecieron.
-Son como perritos con sarna…
-Si- me respondió ella.
Estaban todos. Era una banda. Quizás veinte agrupados viajando por Argentina, rumbo a quien sabe dónde. Mochileros. Como los llames. Jack Keruac hace 30 años se hubiese fascinado, pero hoy en día hubiese escrito alto terrible sobre ellos. Estoy seguro.
-Esta es ruta repetida- me decía uno que era parecido a David Beckham pero con barba y mugre y olor a muerto -Esta es ruta repetida…ya la hice tres veces.- Yo lo miré.
-¿Porqué?
-Porque sí. La primera vez fui hasta Montañita en Ecuador, la segunda la quedé en Perú como tres meses, y ahora me estoy yendo de vuelta para Ecuador.
-¿Te gustó Ecuador? – pregunté.
-Esta es ruta repetida. Esto ya lo hice.
Y comprendí: era como una especie de retardado… Si bien no parecía tener problemas motores era como un especie de subnormal que quería fanfarronear con sus viajes. Es así. En Coca-Cola te denigra el jefe; en el Estado te denigra el legislador que abusa de  su secretaria; y en la ruta tenías a estos mochileros fanfarrones que intentabas denigrarte, demostrar que sabían, podían o habían hecho más que nadie. Siempre parece haber alguien queriendo domarte.  Y después comprendí más: se acerco a mi compañera  y empezó a hablarle, aunque ella ya estaba rodeada de dos viajeros más. Uno se la daba de sensible comprensivo, el otro de gracioso, y ahora tenía al “que las sabía todas”. Pero ella se iba a ir a dormir sólo con uno. Conmigo.
Los comunidades cerradas son raras. Quiero evitar meterlas a todas en la misma bolsa pero he visto puntos en común en las pocas que vi. Lo que no hay, es justamente conciencia de comunidad. Lo que abunda, es miedo a la sociedad. Son bastante inadaptados -pero no gracias a su alma, a su creatividad, sino todo lo contrario- y tienen una filosofía de “el más inútil es el mejor”. Las mujeres de esos grupos me dan compasión: tienen grandes potenciales, pero con un autoestima derrotado y pisado, se disfrazan de “pacha mama”, de “la profe de yoga”, de “soy amor”, y a escondidas le pegan a sus hijos y mezclan jugo tang con alcohol etílico. Y está todo bien con que lo hagan: algunos maestros zen después de terminar la meditación brindan con cerveza. O Gurdjieff, por ejemplo,  místico y filósofo europeo, era alcohólico. Todos tenemos nuestras locuras, nuestras asperezas. Pero el maestro zen es maestro zen. Enseña a meditar. Y Gurdjieff fue Gurdjieff. Hizo escuelas por todo el mundo. ¿Se entiende? Estas pobres chicas están derrotadas. Y eso lo comprendí cuando luego, unos años después, empecé a tomar consultantes del tarot que tenían esa vida: detrás del velo de la sanación, de la pacha mama, del new age y del chamanismo, había tanto dolor y tanta miseria y tanta angustia como para irte espantado. Estaban más tristes y más neuróticas que las mujeres a las cuales ellas aconsejaban en sus clases de yoga. Y a mí me dolía verlas tan negadas. Pero tenía que aceptarlo. Y seguir camino. Una persona no es útil por hacer algo en esta sociedad; una persona es útil cuando hace algo por uno mismo y por los demás.
Me sonó el teléfono un día soleado mientras caminaba solo. Un amigo mío, músico y manager, me ofrecía trabajo con la música. Yo era bajista hace algunos años.
-Pero yo me fui de la ciudad para abandonarlo todo…
-Ok. Pensálo – me respondió- A mi me gustaría que formes parte.
Y me contó todo lo bueno que habría de trabajo, todo lo positivo, todo lo que ganaríamos. Obviamente yo sabía que era difícil que pase lo que él me juraba. Pero de todas formas lo pensé seriamente. “Estoy entre esta vida de viajero y volver a la ciudad a vivir de la música”. Estaba entre seguir inadaptado, y mal que mal, adaptarme. No sabía bien qué hacer. Pero decidí volver. Seguir en la ciudad, seguir trabajando. Después me fui  de viaje unos meses y todo eso. Pero de todas formas, desde aquel entonces, sigo en la ciudad. Y aunque me he hecho grandes amigos de viaje, personas increíbles resplandecientes de vida, quizás le deba más a la pandilla de veinte mochileros. Al David Beckham de “ruta repetida” y a toda la banda que iba junta pidiendo pan duro en las panaderías por las mañanas. Quizás yo tampoco pertenecía a ellos: No encajaba ni en los marginados. No lo sé. Ahora sospecho que las cosas pasan, y ya. Y que uno después, con tiempo  y soltura, es el que les da el significado. Si. Me gusta pensar eso. Te da honor, dignidad, fuerza. Te hace sentir que más allá de todo, uno siempre es dueño de su propia experiencia en la vida. Y, en cuanto a la poesía, sigo escribiendo. Cada vez junto más neuronas de una sola frase sin que me interese mucho si a los demás les gusta o no. No se trata de encajar, sino de estar vivo.


by Fede Frisach el 15 del 11 del 2014
link en http://magazinedelicacy.com/variete/ruta-repetida/

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